Guerra Necesaria en Trinidad

Guerra Necesaria en Trinidad
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Escudo de la República de Cuba en Armas 1899.jpg
Escudo de la República de Cuba en Armas en 1899.
Cronología
Movimiento revolucionario
Fuerzas españolas
Conflicto bélico
Año 1895
Año 1896
Año 1897
Año 1898
Entrada victoriosa
Hospitales de campaña hispanos

Guerra Necesaria en Trinidad. Es una etapa de la Historia de Trinidad comprendida dentro de la Guerra Necesaria o Guerra del 95 que tuvo lugar en la Capitanía General de Cuba, enfrentándose en la misma los independentistas cubanos y los soldados coloniales españoles. Al territorio trinitario este enfrentamiento bélico llegó el 7 de julio de 1895, con el alzamiento de un grupo de insurgentes comandados por Lino Pérez en Güinía de Miranda, y finalizó el 3 de diciembre de 1898 cuando el General Lino Pérez y el Brigadier Juan Bravo, rodeados de su Estado Mayor, subieron al frente de sus fuerzas por la Barranca en correcta formación y tomaron por la entonces conocida calle Nueva, así entraban los principales líderes del territorio victoriosos a la ciudad.

Movimiento revolucionario

Juan Bautista Spotorno, veterano de la Guerra de los Diez Años que se convirtió en un opositor al levantamiento de 1895.

Después de la Guerra de los Diez Años el territorio trinitario se convirtió en un bastión del Partido Autonomista, teniendo al distinguido Juan Bautista Spotorno, independentista trinitario que llegó a ocupar el cargo de Presidente de la República de Cuba en Armas entre 1875 y 1876, como su más fiel representante y principal opositor a la reanudación de las acciones bélicas en la zona. A pesar de ellos el movimiento revolucionario en Trinidad no decayó y una vez constituido el Partido Revolucionario Cubano por José Martí en el año 1892 durante su estancia en Estados Unidos, los independentistas trinitarios empezaron a reunirse en grupos donde se comentaba, a diario, las actividades encaminadas a preparar la nueva Revolución libertadora.

Las principales sedes de los grupos de reunión revolucionaria eran las logias masónicas; los salones de la inolvidable Tertulia, situada entonces en la calle de la Boca; las sociedades de color La Luz, y El Fénix; así como las casas de muchos vecinos, como la de Alberto Cantero, a la cual los jóvenes revolucionarios denominaban Cayo Hueso, en recuerdo de la cuna del Partido Revolucionario de Martí.

En La Tertulia se reunían Manuel Porras, prominente miembro de su Junta Directiva; Abad Iznaga, venerable anciano asiduo concurrente de esa sociedad de recreo; Don Felipe Echerri, Don Antonio Mauri Medina y una generación de muchachos, casi niños algunos, entre los cuales se contaban Máximo Sanjuán, que vivía no muy lejos de allí, Francisco y Rodrigo Frenero, Armiuio Béquer, Miguel Suárez, Felpe, Teodoro y Enrique Lara y Hernández, Pablo Echerri, José María Mauri, Guillermo Magdaley, Rogelio Salabarría, Tomás García Altunaga, y, descollando por sobre todos por su inquietud intelectual, Juan Melitón Iznaga, hijo de Don Abad. Estos jóvenes serían luego valientes soldados de la revolución.

Estas reuniones revolucionarias y políticas estaban presididas por viejos trinitarios, alguno de los cuales figuraron en la Guerra del 68, como Charles Lynn, Comandante veterano, medio hermano de Juan Bautista Spotorno, que figuró en la de 1895, Don Manuel Santander y algunos otros, como el Licenciado Joaquín Sánchez Arregui, el Doctor José Antonio Balbañía, el Doctor Emilio Sánchez, el Doctor Joaquín Panadés, el Doctor Fernando Aparicio, el Doctor Alejandro Cantero, aunque no habían figurado en las filas del ejército libertador, mostraban más o menos encubiertamente, una profunda simpatía a la guerra que se avecinaba.

Entre los años de 1892 y 1895 Trinidad fue visitada por unos agentes viajeros, como llamaban a los revolucionarios que visitaban regiones de Cuba de larga o corta duración y andaban de conjuraciones en los lugares de recreación pública donde pudieran ganar adeptos. Otros, más discretos y responsables, venían a ver a personalidades influyentes en la sociedad y que se conocían por su pensamiento revolucionario, y terminados sus coloquios, tomaban el vapor, a veces, al día siguiente de llegar, porque la línea de transporte marítima que usábamos tenía los viernes en la tarde un vapor que venía de La Habana, tocando en Cienfuegos; y, a la mañana siguiente, sábado, llegaba el de Santiago de Cuba rumbo a Cienfuegos y Batabanó.

Uno de esos agentes visitantes fue el insigne patriota y periodista Juan Gualberto Gómez, brazo derecho de Martí en la ejecución en Cuba de sus planes de guerra, quien visitó la región en junio de 1894. El objetivo principal de esta visita fue entrevistarse con el distinguido Juan Bautista Spotorno, con el objetivo de que se uniera a las filas del naciente Partido Revolucionario Cubano, pero a pesar de largas horas de agitada conversación, el trinitario no cambio se posición y se mantuvo como un fiel defensor del Autonomismo. Ni Juan Gualberto Gómez, por grande que fuera su influencia y prestigio, ni Gerardo Castellanos -que había visitado a Spotorno en septiembre de 1892 como enviado especial de Martí- fueron bastante poderosos para llevar a Spotorno a las filas de la nueva Revolución.

Al estallar en Cuba el movimiento armado independentista del 24 de febrero de 1895, Trinidad aún no se suma a la guerra y el gobierno español se prepara para proteger sus intereses en esa región y evitar un levantamiento en la misma. Para proteger la zona llegaron a tierras trinitarias fuerzas militares españolas, las que unidas a las gestiones pacificadoras de Spotorno, trataron de calmar la situación que ya era incalmable.

Fuerzas españolas

Al iniciarse este conflicto bélico en la ciudad había cinco cuarteles para el alojamiento de las tropas españolas: Milicias, Artillería, Infantería o de Carreras, de Dragones y Presidio y depósito; de inmediato, en el primer movimiento de unidades militares que se enviaron como refuerzo de las locales en septiembre de 1895 se habilitó el antiguo convento de San Francisco de Asís como recinto cuartelario, o sea, alojar las fuerzas militares que llagaban de España u otras regiones de la isla para defender la importante plaza trinitaria. Los fortines y polvorines rodeaban el perímetro urbano como un cinturón defensivo que favoreció la reconcentración y la protección al enclave hospitalario de Valeriano Weyler en la región. En el área rural se relaciona el Cuartel del Valle y numerosos fortines, garitones, puestos y algunos fuertes que, al parecer, no tenían mucha guarnición.

El estallido de la guerra tomó desprevenida a la guarnición de la ciudad, en la cual había unos ochenta hombres del batallón de Alfonso XIII que hacían la guardia en la Administración de Rentas, situada en la calle de Gloria. Cuidaban también de otros edificios públicos y tenían su cuartel en el antiguo Barracón. Había, además, unos cincuenta o sesenta guardias civiles. De los Voluntarios, no hay que hablar, porque no servían para otra cosa que para bonitas paradas los domingos y días de fiestas.

Para enfrentar las fuerzas mambisas fueron enviados a la región de Trinidad varios de los batallones y escuadrones militares de varias armas. El primero en llegar fue el Escuadrón No.1 de la Guerrilla del Comercio, de La Habana, comandado por el teniente de academia D. Federico Ochotorena y Palacio. Unos veinte días después, llegan las primeras fuerzas regulares españolas a Trinidad: el viernes, 13 de septiembre de 1895, desembarcaron en Casilda los batallones de Álava y Vizcaya compuestos de dos mil veinte individuos de varias armas. En la noche del domingo 15 de julio, el Casino Español les ofreció una gran comida a sus Jefes y Oficiales, amenizada por una orquesta que tocó aires típicamente españoles que coreaban en la calle los soldados recién llegados.

Conflicto bélico

Año 1895

Lino Pérez, principal líder independentista de la Guerra Necesaria en Trinidad.
Juan Bravo Pérez, el segundo líder más importante del movimiento independentista en Trinidad.

El 7 de julio de 1895, conocidas la llegadas a Cuba de los líderes revolucionarios Maceo, Gómez y Martí, los hombres del Brigadier Lino Pérez, de Juan Bravo y de Don Antonio Betancourt se levantan en armas contra España en la zona conocida como Güinía de Miranda, entre los jóvenes que se unieron a este levantamiento se encontraban Ciriaco García y Jesús Lugones, ambos terminaron la guerra con los grados bien ganados de Tenientes Coroneles. También se sumaron al movimiento los independentistas Bernabé Ruiz, José del Carmen Hernández y Carlos Pérez, hijo de don Lino que, casi niño, siguió a su padre en toda la campaña.

Al mismo tiempo que esto ocurría en la zona de Güinía, en la región de Río Negro, barrio de Aguacate, se levantaban, el 8 de julio, Blas Hernández y sus parientes Jorge, Francisco y José María. Tomaron por asalto, el fuerte que había allí custodiado por 8 guardias civiles y un sargento que fueron hechos prisioneros, y después de quitarles las armas y municiones los pusieron con un salvo conducto en el camino de Trinidad sin hacerles daño alguno. Seis días después se corrieron hasta las cercanías de la ciudad y en la noche del 14 de julio atacaron el viejo Fuerte de Bardají que mira al valle de Santa Rosa, en las orillas del Tayaba.

A las acciones bélicas iniciales contribuyó favorablemente el desembarco de la expedición Serafín Sánchez-Carlos Roloff por Tayabacoa el 24 de julio, que no solo cooperó con pertrechos de guerra y hombres a la contienda en Las Villas, sino que aportó lo esencial de esta etapa: la organización de las brigadas de Cienfuegos y Trinidad por disposición del Mayor General Carlos Roloff, designado jefe militar del recién organizado Cuarto Cuerpo del Ejército Libertador, quien designó al general José Rogelio Castillo para crear las brigadas en ambos territorio.

Ante el creciente envió de fuerzas españoles a Trinidad, el mambí Lino Pérez, con su segundo, Juan Bravo, respondía a este metiéndose en Güinía, la que incendiaron, a las once de la noche del jueves 17 de septiembre. Se les había unido a Pérez y a Bravo el Comandante Jesús Peatón, de Sipiabo, veterano de la Guerra del 68; de manera que los jóvenes independentistas cubanos tenían excelentes maestros de estrategia y táctica muy distinta de la aprendida por los españoles en Toledo, Guadalajara y Segovia. Las fuerzas cubanas serían unos seiscientos hombres y dieron prueba de su pujanza. Acabaron con todos los depósitos de tabaco, listos ya para su expedición; saquearon los almacenes y recogieron algunas armas y municiones. Ante los ataques cubanos un diario español de la Habana, publicaba un artículo de su corresponsal en Trinidad donde mostraba los estragos de las fuerzas libertadoras:

No se puede quejar el General Máximo Gómez de que no cumplan su consigna destructora las partidas que han elegido estos lugares para teatro de sus salvajes fechorías. El mismo no lo haría mejor.

El 6 de septiembre ocurrió el asalto al poblado del Condado. Ese días, a eso de la una y media de la tarde, fue atacado ese poblado por las fuerzas del Brigadier José Rogelio Castillo. Los españoles estaban parapetados en el conocido edificio del Cuartelillo, mandados por el Sargento de la Guardia Civil, Pedro Juez Martín que resistió el fiero ataque de tres horas, en medio de aguaceros torrenciales. Pero una circunstancia adversa malogró el éxito definitivo de los cubanos que no fueron lo bastante advertidos para conjurarla.

En el mismo momento del asalto se encontraban por aquellas tierras los escuadrones No. 1 y 2 de la Guerrilla del Comercio de La Habana, mandados por su Comandante Augusto de la Cala y el Teniente Federico Ochotorena, los que al escuchar los tiros salieron en dirección a Condado, siendo objetos de una emboscada preparada por Bravo, de la cual salieron tras enfrentarse con los cubanos. Luego los españoles penetraron en el poblado cuando ya las fuerzas cubanas estaban terminando la acción. Se peleó duro con esta guerrilla, hasta que el Brigadier Castillo ordenó a Bravo retirara la fuerza escalonadamente, como así se hizo, replegándose sobre la loma Chamizal. En el alboroto que produjo la toma del Condado, del que se sacó buen botín, se excedió el Comandante Quirino Amézaga, nativo de la Guinea Portuguesa. Este hombre de valor temerario, a pesar de advertir que estaba solo, no dejó de combatir hasta que, agotado su parque, y herido en una pierna, vino al suelo, y allí fue hecho prisionero y traído a Trinidad con el soldado Julián Balines y dos compañeros más. Amézaga se le llevó al hospital Militar de la Popa para su curación y tras ser curado y fallar los intentos de rescate por parte de los mambises, fue juzgado por un tribunal Militar, condenado a muerte y fusilado el 13 de octubre en la Mano del Negro.

También se puede considerar para esta etapa la influencia de la Invasión: el 29 de noviembre quedó dividido el Ejército Invasor en dos columnas, la primera, de caballería, con 3000 hombres; y la segunda, de infantería, con 1000 efectivos; marchó ésta por el sur, por la cordillera de Trinidad, y la mandaba el brigadier Quintín Bandera; con la primera, por el norte y con movimientos hacia el centro y el sur si era necesario, se desplazaban Máximo Gómez y Antonio Maceo.

El 3 de diciembre se separó el Brigadier Bandera con todo el contingente de infantería oriental, 700 hombres; llevaba toda la dinamita y órdenes de caer como una tromba sobre el valle de Trinidad, arrollar al enemigo y reunirse con el Ejército Invasor en las proximidades de Matanzas o La Habana. Le acompañaba un regimiento de caballería de Las Villas al mando del teniente coronel José Miguel Gómez. Quintín Bandera ubico su campamento en La Ceiba, donde reposó de una pulmonía que lo afectaba. En este lugar también se hallaban las fuerzas del ya Teniente Coronel Bravo ascendido, por Mayía Rodríguez, el 19 de septiembre, por su acción de guerra en la Degollada donde, según confesión del enemigo, éste tuvo, en un instante, seis bajas.

El campamento de Bandera fue objeto de ataque en varios momento. Los primeros ataques los realizaron las columnas que, procedentes de Sancti Spíritus, comandaba el conocido Coronel Antero Rubín. En este combate de la Ceiba poco faltó para que el Teniente Coronel Bravo perdiera la vida. Al cruzar el Río Hondo, bajo una granizada de balas, porque los españoles habían ocupado una magnífica posición, le mataron el caballo, y el soldado de su escolta que iba a su lado, Norberto lbargollín, recibió, en uno de los pies, un balazo que le rajó, como si hubiera sido un cuchillo, la planta. Bravo lo llevaba por delante y borraba con hojas y tierra las abundantes huellas de sangre que iba dejando el herido para despistar así a los españoles, hasta llegar a un lugar seguro en que le curó la herida.

En los días 11 y 12 de diciembre hubo en Trinidad mucho movimiento de fuerzas. El Jefe Militar dispuso, en combinación con fuerzas de Cienfuegos, una operación sobre La Ceiba. Se vieron cañoneros cargados de soldados rumbo a Tayabacoa para dirigirse a la Ceiba, por vía más corta y segura. El once, temprano, salió una columna del batallón de Vizcaya al mando de su jefe el Comandante Blasco, con veinticinco soldados del escuadrón del comercio, con su jefe el Comandante Villares, y, después, otro grupo, con el Capitán Ochotorena. La acción fracasó estrepitosamente para las fuerzas españolas.

Todas estas operaciones que se realizaban en los alrededores de Trinidad enardecieron el ánimo de los jóvenes que no tardaron en alzarse en armas, entre estos valientes revolucionarios se encontraban Francisco Zerquera Alomá; Arminio Béquer y Lara, Fernando Hernández Reina, Rogelio Salabarría, Diderico Pettersou, Ramiro Palau y Borrell, Juan Melitón lznaga, Francisco Pichs y Pichs, José Téllez Caballero y José María Mauri.

Al finalizar diciembre de 1895, la Revolución había cobrado las fuerzas necesarias para tener en jaque a los españoles; y tanto se convencieron ellos de este hecho que, a poco, la ciudad de Trinidad y sus zonas cercanas fueron objeto de grandes movimientos de columnas enemigas. Los cubanos en armas asaltaban las fincas vecinas de la ciudad y destruían cuantos elementos pudieran aprovechar sus enemigos. Los hilos del telégrafo, vinieron al suelo cuantas veces los repararon, y el Teniente Coronel Bravo era incansable en esa labor de destrucción según se lee en su "Diario" de campaña. Por esta circunstancia, se instaló en Casilda, el 19 de diciembre de 1895, una oficina del cable submarino que comunicaba con puertos del Sur.

Las fuerzas cubanas que operaban en Trinidad, a mediados de diciembre del año 1895, se calculaban en unos 1050 hombres, perteneciendo los mismos a los diferentes líderes independentistas que combatían en la región:

  • Brigadier Lino Pérez: 700 hombres
  • Teniente Coronel Juan Bravo: 200 hombres
  • Pedro Muñoz: 60 hombres
  • Blas Hernández: 30 hombres
  • Comandante Rafael Sandoval: 40 hombres
  • Goyo Hernández: 20 hombres

Año 1896

A partir del 1 de enero de 1896 se incrementó el movimiento militar de la ciudad con la llegada, en horas de la tarde, de una fuerte columna de las tres armas (batallones de infantería y caballería, con piezas de artillería) procedente de Sancti Spíritus al mando del Coronel Antero Rubín, eran batallones de Chiclana, Bailén, Soria y Húsares de la Princesa.

Una comisión de la localidad los va alojando en las casas de familias, mientras que las calles Gutiérrez y Jesús María sirven como campamento a estos soldados. Gran parte de la oficialidad se hospedó en el Hotel El Aseo de Raimundo Bouza, casa situada en la calle de Jesús María, entre Colón y Rosario; y, en la noche de ese día, se les dio una serenata. En la mañana del día 2 salieron a operaciones al valle, pero no irían muy lejos, pues el día 5, del propio enero; hacían su entrada en la ciudad con algunas fuerzas más. Con esa columna llegaron, en familias completas, los primeros campesinos concentrados de Trinidad. En la mañana del sábado, 18 de enero, embarcó en Casilda, para La Habana, el escuadrón de los Húsares de la Princesa.

El jefe militar de la plaza había recibido órdenes del Capitán General para que organizara comisiones encargadas de formar nuevos cuerpos de voluntarios. En la noche del martes, 28 de enero, en la casa de dos conocidos españoles, hubo una reunión y se dispuso en ella acometer, en seguida, la formación de nuevas compañías de voluntarios para ayudar a las fuerzas regulares. En los últimos días del mes, en vista del auge que tomaba la Revolución y de los ataques de los insurrectos, se le dio gran impulso a la construcción de fortines en la periferia de la ciudad, bajo la dirección del ingeniero militar, Sr. Lanza.

El 22 de enero las fuerzas de Juan Bravo queman la iglesia de Río de Ay y en los días finales del mes penetran en Cabeza de Vaca y se llevaron cuarenta caballos, y, de Mayaguara, extrajeron veinte reses. Con tal motivo, salieron pelotones de voluntarios a perseguir a los insurrectos pero no pasaron de la periferia del pueblo como de ordinario sucedía.

Febrero se inicia con un acto audaz de los insurrectos. El día cuatro y, al anochecer, el Alférez Téllez Cabañero con unos cuantos hombres de caballería se acercó a los potreros de "El Solitario" de don Pepillo Fernández Balloveras, padre del eminente laringólogo trinitario, Dr. Enrique Fernández Solo, y dio candela a todo el pasto de que se aprovechaban las caballerías españolas. Con tal motivo, y con la amenaza que hizo Téllez a los arrieros de que no llevaran al pueblo artículos alimenticios, faltaron, por varios días, la leche, yerba y viandas en la ciudad.

La toma de posesión del gobierno de la isla por Valeriano Weyler el 13 de febrero de 1896 incrementó la militarización de ciudades y poblados y las medidas represivas que ya venían ejecutándose; por ejemplo, en marzo se procedió a la formación de guerrillas en Trinidad. En los meses subsiguientes se perfeccionaron las medidas de reconcentración, que favorecieron la segunda etapa de la insurrección conocida como guerra de resistencia, en la que la extrema movilidad de los contingentes del Ejército Libertador y su continuo hostigamiento, llevaban a las tropas españolas a un incesante movimiento en su persecución con el desgaste que esto significaba —además de que la organización de la vida cubana en territorios de la República de Cuba en Armas constituía otro objetivo para aniquilar. Obviamente, esto contribuyó a la dislocación de fuerzas peninsulares que, por otra parte, tuvieron varios cambios de jefatura: el 24 de febrero cesó el comandante militar interino Ramón López Varcárcel y tomó posesión de la plaza el brigadier Juan Manrique de Lara. El Comandante Militar Juan Manrique de Lara fue uno de los militares más caballerosos e hidalgos que España tuvo en Cuba. Tomó por residencia el Palacio de Cantero. Allí trajo a su familia, compuesta de su esposa, doña Clara González, camagüeyana rica y bella, de su hija Clara y de dos niños. Fue un alivio muy grande la presencia de un Jefe militar de este linaje. Muchos españoles decían que Manrique de Lara era un insurrecto metido en el pueblo: pero es justo reconocer que este hombre, de alma generosa, no era traidor a su Gobierno, sino que conducía la guerra sin el furor con que ciertos militares, de alma de hiena, la habían llevado hasta ese momento.

Preocupado al Comandante Militar de Las Villas por el reposo que la Revolución va tomando en la jurisdicción de Trinidad; para conjurar sus peligros y amenazas, manda a esta ciudad al General don Julio D. de Bazán quien llegó a Casilda, a bordo del cañonero "Lince", el 4 de marzo, acompañado de sus Ayudantes, el Capitán Federico Pierrat y el Teniente de artillería, Joaquín Marine. El objetivo principal del militar español era la formación de guerrillas para enfrentar a los revolucionarios. Estuvo aquí dos días y regresó a Cienfuegos.

El día 14 llegó el comandante de caballería Enrique Ubieta Mauri, natural de Trinidad, con el cargo de alcalde corregidor y comandante militar. Ubieta Mauri figuraba en el Estado Mayor del General Pando, Gobernador Militar de Oriente. Fue muy entusiásticamente recibido y, en su elocución al pueblo de Trinidad, dijo, entre otras cosas:

Este cargo es para mí honrosísimo porque vengo a desempeñarlo al pueblo donde vi la luz primera y porque se vuestra conducta y vuestra cultura.

Estas palabras y las esperanzas que la gente abrigaba, en parte, fueron defraudadas, pues apenas tomó posesión de su cargo creó altos impuestos para las necesidades de la guerra. Hubo un desagrado general en la población.

Procedente de Sopimpa, entra, a las cuatro de la tarde del 26 de marzo, la columna del Comandante Domingo Alonso Guerrero. A las diez de la noche de ese mismo día, entra la columna que manda el Coronel Moncada y llena las calles de Gutiérrez y Jesús María con sus soldados. Ese mismo día volvió a la ciudad, en el cañonero Ardilla, el general Bazán. Fue huésped del Comandante Ubieta, con quien se reunió en compañía de autoridades militares y administrativas de la localidad en la noche de día 27 de marzo en el Ayuntamiento para exhortar un mayor incremento de las fuerzas de voluntarios y de guerrillas que aquí no prosperaban mucho, según hubo de decir en privado. Este General dictó, sin embargo, algunas buenas providencias, entre ellas, la de permitir pescar en la boca del Guaurabo, cosa que tanto aliviaba el problema del hambre en las clases populares de la ciudad. Esta medida mereció justos elogios.

El 7 de abril, avisado por los espías, sale temprano de la ciudad el Capitán Perelló y sorprende a un pequeño grupo mandado por el Capitán Manuel González Oliva. Se entabla un fuerte intercambio de balas cayendo gravemente herido el capitán cubano debido a un balazo en la cabeza falleciendo en el regreso a Trinidad tras ser capturado por los españoles. Su cuerpo fue exhibido como trofeo de guerra en la ciudad. A mediados del mismo mes la guerrilla local se interna en la serranía trinitaria, siendo sorprendida en la loma de Santa Ana por las fuerzas de Bravo. Los independentistas atacan por retaguardia a la guerrilla que sigue camino hacia Limones Cantero. Fue gravemente herido en el combate el guerrillero José Amador Guerra. Por estos mismos días, los independentistas dieron candela y destruyeron, en el río Agabama, al guairo "Rosadito".

El 22 de junio los mambises se acercan a las puertas de la ciudad en horas de la noche quemando la casa de la quinta de Cantero. Unas semanas después, el 8 de julio, se une a las fuerzas de Sixto Abreu el joven Máximo Sanjuán, de diecisiete años de edad, estudiante de Bachillerato en el Colegio de los Jesuitas de Cienfuegos, hijo de una distinguida familia de la ciudad.

Con la temporada de lluvias las operaciones militares de cubanos y españoles en las cercanías de Trinidad entraron en un periodo de relativa calma. A pesar de ellos los independentistas trinitarios asaltaron un que otro poblado rural y emboscaban tropas guerrilleras españolas.

En la noche del día 21 de agosto llega a las costas trinitarias una expedición con armas y suministros militares para los independentistas. El navío que las transportó era el llamado "Indomable" que tenía por capitán al valiente John 0. Brien. Esta embarcación llegó a la boca del Río San Juan, en la línea de demarcación de Cienfuegos y Trinidad, penetrando por el río hasta un recodo donde no era visible para los cañoneros españoles, por lo que se dispuso a desembarcar su preciosa carga.

En la expedición venían como jefes de la misma Demetrio Castillo Duany, quien regreso con la nave, mientras que en tierra se quedo el otro jefe expedicionario Coronel Miguel Betancourt. Este último no dejo que se trasladara el armamento y las municiones de la zona donde fueron descargados, ni que se armara el cañón desembarcado, porque según él una fuerza cubana vendría a recibirlos. Esta torpeza del militar mambí ocasiono que fueran vistos por el cañonero español "Ardilla", al mando del Comandante Manuel Bauzá, quien ataco a los cubanos, los que resistieron protegiéndose por las piedras del lugar y atacando al barco español. Al ver el Comandante del "Ardilla" que su acción era insuficiente, contramarchó a Cienfuegos, y regresó con el cañonero Comandante Reina como auxilio, pero ya era tarde y gran parte de la expedición había sido retirada, aprovechándose hasta los servicios de los muchachos y mujeres que por allí había. Aun así, los españoles se llevaron 750 máuseres y remingtons, nueve cajas de medicina y algunas otras cosas más.

La guerra avanzaba en la jurisdicción de Trinidad. Se quiso dar un "escándalito" en las mismas puertas de la ciudad. Rondaba por los montes vecinos de Trinidad la pequeña partida de Goyito Fernández, no tan valiente como audaz. Este tomó un pelotón de unos diez y ocho o veinte hombres. Se corrió por los montes de Jabira, y, el domingo, 26 de diciembre, ya avanzado el día, se situó cerca de los potreros del Papayal, y, escurriéndose con cuidado, a las cuatro de la tarde, ya estaba oculto en unos matorrales espesos que daban frente, en el callejón de Jabira, al comino que venía de la Barranca.

A eso de las cinco de la tarde bajaba por la cuesta del Táyaba el reemplazo de la guarnición española del Ingenio de San José Abajo, compuesto de ocho soldados y un Cabo. Llevaban dos o tres acémilas cargadas de vituallas de boca y guerra. Llegan al lugar ocupado por los cubanos, y, como a distancia de media cuadra, Goyito abre fuego contra los soldados. En ese momento, un proyectil le destroza al Cabo una arteria femoral y cae desangrándose. Los otros soldados forman, en seguida, el cuadro, y resisten con verdadero valor. Los cubanos los cargan al machete. Casi todos los españoles están heridos de mayor o menor gravedad.

Por su parte los cubanos tuvieron un muerto, J. Zúñiga, un herido de gravedad que sobrevivió, Agustín Zamora, mientras que cuatro hombres recibieron heridas que no ponían en peligro su vida, entre ellos el propio Goyito, quien recibió un tiro sobre el empeine en uno de los pies, el cual, al no ser atendido a tiempo le sobrevino un tétano o gangrena terrible.

Al finalizar el año, Máximo Gómez planeó una nueva estrategia que se concretó en la campaña de La Reforma desde enero de 1897 hasta enero de 1898. De este modo se condicionó el escenario de la guerra en la región central de la isla, con énfasis en territorios espirituanos y trinitarios como lógica prioridad geográfica. De ahí que en su intento por aniquilarlo, Weyler instalara su cuartel general primero en Sancti Spíritus y después en Cienfuegos, reestructurara su ejército más de una vez y ordenara continuas batidas, que por lo general recaían en los pacíficos, en las prefecturas y en los recursos de que se disponía en los campos de la República en Armas.

Año 1897

El año de 1897 se inicia con los horrores de la política inhumanas de Weyler, que, lejos de contentarse con la reconcentración parcial, la extiende a toda la isla y la hace más severa por medio de penas draconianas. Para la Revolución va a ser un año de graves acontecimientos, y para Trinidad, marcará sucesos imborrables en su historia local.

Los primeros seis meses del año 1897 transcurrieron en la monotonía de la entrada, y salida de columnas españolas. Las tropas cubanas imitan aquí la estrategia del Generalísimo Gómez, de cansar al enemigo sin darle gran frente. Las fuerzas del General Bravo tirotean, incesantemente, a las columnas que operan en la zona. Weyler no contuvo el empuje de las fuerzas cubanas. Fracasó en redondo, en sus planes de pacificación cacareados en Madrid y en La Habana. Lo que produjo fue graves complicaciones con el Gobierno de Washington que forzó su relevo del mando de esta Isla.

Por Orden general del Ejército del día 1 de abril de 1897, en el Cuartel General de Cienfuegos, Weyler decretó su organización y situación. En la estructura militar que establecía para Las Villas dispuso en cuanto a Trinidad: en la División Villas, Segunda Brigada, Segunda Media Brigada con los batallones Álava para el sur de la Siguanea, y Vizcaya para el valle de Trinidad y la costa.

Un mes después, el 4 de mayo, dispuso otra reestructuración del ejército, que en Trinidad se refería a la Tercera Brigada y mantenía la Primera Media Brigada con los batallones de Vizcaya y Álava en esta región y las circundantes:

El batallón de Álava tendrá por zona, Trinidad, sus lomas, el Valle y toda la costa Sur. El batallón de Vizcaya las Jiquimas [sic], lomas de Banao, Fomento, las Pozas y Santa Lucía. El batallón de Cataluña, el Este de la Siguanea á enlazar con Álava y Vizcaya por el Sur y por el Norte con el batallón de las Navas, que operará por el Bagá, Nazareno, Guaracabulla, Báez, Zuazo y Santa Clarita.

Este plan constituía un verdadero lazo que encerraba a la región trinitaria para estrangularla. Los partes de guerra de esos meses reflejan las incursiones militares españolas en el territorio de la República en Armas: asaltaban talleres y prefecturas; asesinaban y cogían prisioneros, sobre todo mujeres y niños, que se llevaban.

A los naturales horrores de la guerra y al espectro de la reconcentración en Trinidad, hay que añadir una terrible calamidad que llenó de espanto y luto a sus moradores durante largos meses: la epidemia de viruelas que hacía estragos en Cienfuegos y que llegó a Trinidad entre marzo y abril de 1897. Cundió en dicha población como una ráfaga salida del infierno. No hubo casa donde no hubiera una víctima de ella. Comisiones de piadosos médicos trinitarios, entre los cuales figuraban Alejandro Cantero, Fernando Aparicio, Emilio Sánchez, Manuel I. Polo, Joaquín Panadés, Rafael Tremols, no cesaban de vacunar a la población. Aun con estas medidas, la mortandad era considerable. Se suprimieron los velorios y los entierros. La índole del mal no permitía estas ceremonias. Funcionaba día, y noche, embargado, además con las víctimas del vómito negro, el carrito que llamaban la lechuza, arca de tétrico aspecto negro, hecha de tosca madera, montada sobre un eje de dos ruedas y tirado por un mulo de lento andar. Meses después la epidemia fue controlada, no sin antes fallecer muchos hijos nacidos en la ciudad o residentes en ella.

El lunes 12 de julio, a la 1.30 de la tarde, hace su entrada en Trinidad don Valeriano Weyler y Nicolau, Marqués de Tenerife, Capitán General de Cuba. En Casilda se demoró un momento visitando las casas habilitadas de hospitales, con su Jefe de Estado Mayor, el Coronel José Escribano y el Subdirector de Sanidad Militar, Coronel Martínez. Las autoridades locales habían ordenado que se engalanaran las calles por donde transitaría el Jefe Militar, y así se hizo.

Se hospedó en la casa del Brigadier Manrique de Lara. De ella pasó a la Santísima Trinidad, cuya puerta principal, que daba al antiguo parque de Serrano, estaba abierta. En el umbral lo esperaba el párroco, don Castor Hierro y Mármol. Luego bajó por la rampa de la iglesia y siguió, por Desengaño, hasta el Casino Español. Llegó a eso de las tres al Casino Español, allí lo esperaban las autoridades. En este sitio recibe a las autoridades locales y militares, así que a distinguidas personalidades de Trinidad.

Del Casino, Weyler marchó al Ayuntamiento y, en entrevista con el Alcalde Suárez, le ordeno cumplir todas las órdenes que el emitía por el bien del gobierno español. El Alcalde contestó que, en esta jurisdicción, se estaban cumpliendo sus órdenes, y que él y sus auxiliares darían completa obediencia a lo que el General en Jefe recomendaba. Era ya algo más de las cinco de la tarde. El General se despide de algunos y, acompañarlo de otros, se dirige a Casilda. A las seis toma el Cañonero Diego Velázquez para dirigirse a Cienfuegos, donde llegó a las once de la noche entre fuegos artificiales y músicas militares.

No habían pasado dos meses de su visita; Weyler hacía supremos esfuerzos por dar pacificada la provincia de Santa Clara. Todo en balde. Máximo Gómez, entre sus campamentos de Santa Teresa, Trilladeritas y Reforma, se burlaba del enorme contingente con que Weyler lo perseguía: cuarenta mil hombres. En la misma Trinidad, tan difícil de ser atacada por su topografía, iba a darse un hecho que fue de resonancia para la Revolución.

A principios de agosto de 1897, Juan Rasó Parra estaba terminando ya la reorganización de las fuerzas de esta Brigada Masó dijo a algunos que consideraba conveniente darle un escándalo a Weyler después de su visita reciente a esta ciudad para desmentir los rumores de la pacificación de esta región. Masó se reunió con varios Jefes, y, entre ellos, fue designado uno, inmejorable por su temperamento atrevido, por su larga experiencia adquirida al lado de Maceo a quien acompañó en la Invasión hasta Mantua; por su espíritu de disciplina y sagacidad y por su resistencia física. Este elegido para la más temeraria de las empresas realizadas en la jurisdicción de Trinidad, fue el entonces Comandante con mando de Teniente Coronel, José Téllez Caballero.

El sábado, 14 de agosto de 1897, es el escogido por Téllez Caballero para entrar en Trinidad. Reúne unos ciento ochenta hombres de su confianza. Les dice de los peligros de la operación que van a realizar, pero les señala la gloria que envuelve. Masó Parra avanza con la legión de valientes hasta la loma de El Cubano que mira hacia la ciudad. Las horas de la tarde pasan lentas y la noche se acerca. Téllez Caballero ordenó al Comandante Herrera que, con un puñado de hombres, y a las ocho en punto, tiroteara los fortines del extremo opuesto (la Cárcel) a aquel por donde él iba a penetrar para distraer la atención del enemigo. Téllez, impaciente, espera que suenen las ocho en el reloj del Convento, fácilmente perceptible desde el lugar en que se halla. Suenan las ocho, la gente de Herrera no dan señales de vida, todo es silencio y ansiedad. Al fin, Téllez declara no poder esperar más porque la luna que saldría sobre las nueve los delataría. Da la orden de marcha. La tropa toma el trillo que conduce al paso del río la Castaña. Suben por la calle de San Antonio hasta Carmen, y, en el momento en que Téllez se aparta para ver a sus padres, suena un tiro que se le escapa de su relámpago al soldado cubano Domingo Eguiguren.

En ese momento se asoma a la puerta de una casa honorable un Guardia Civil que estaba de visita en ella. El Guardia toma a los cubanos por voluntarios, y pregunta a Téllez: "Oye, pancho, ¿qué es ese tiro?" Téllez apunta con su winchester y hiere mortalmente en el pecho a su atacante. Este dispara y abre una profunda herida a Téllez en el muslo derecho.

Los compañeros que lo rodean exclaman, al verlo en el suelo "Lo han matado". Téllez responde: "No, pero me han herido gravemente" Da órdenes al Comandante Serafín Rodríguez que cuide de su persona y, al Teniente Coronel Celedonio Hernández Romero, que se encargue del mando y siga adelante. En efecto, las fuerzas siguen como cinco o seis cuadras hasta la calle de Angarillas y Carmen, y saquean aquí las tiendas que hallan a su paso. Aun en medio de este ruido y tiroteo al bulto, los españoles no acuden al lugar en que estos hechos se desarrollan, aunque desde las azoteas lejanas disparan sin concierto ni objetivos. Entra la confusión en la tropa cubana y resuelven retirarse por el mismo lugar en que entraron. Téllez Caballero fue trasladado a la loma de "El Cubano" donde le hizo las primeras curas Eduardo Henríquez; y, después, la continuaron el Teninte Médico, Oscar Bermúdez y el Teniente de Sanidad militar cubana, Marino Domínguez.

El Comandante Téllez tenía el plan de ir, por el fondo, a incendiar el Casino Español y los almacenes que por allí había. Su herida lo impidió. El error que se cometió fue el de escoger, para segundo de la empresa, a un hombre valiente, audaz, pero no práctico en las calles de Trinidad, de manera que él no podía orientar.

En los meses finales de 1897 la política de Weyler comienza a ser criticada por muchas personas y diarios, incluso varios de España. El 8 de agosto es asesinado el Presidente del Gobierno español don Antonio Cánovas del Castillo. Le sucede, en la Jefatura del Gobierno, el Ministro de la Guerra, General Marcelo Azcárraga Palmero, amigo de Weyler; y es entonces cuando el General Stewart L. Woodford, Ministro de los Estados Unidos en Madrid, presenta al Ministro de Estado, el 20 de septiembre, una nota insistiendo en los daños que sufren los Estados Unidos con la guerra de Cuba, y hasta llega a proponer la mediación del Gobierno de Washington para llegar

a un pacífico y duradero resultado, justo y honroso al mismo tiempo para España y para el pueblo cubano (...) No puedo desfigurar la gravedad de la situación, ni ocultar la con¬vicción del Presidente de que, si sus prudentes esfuerzos fueran infructuosos, su deber, para con sus conciudadanos, demandaría una pronta decisión acerca del curso de la acción que el tiempo y las trascendentales circunstancias pudieran exigir.

La nota de Mr. Woodford produjo la caída del Ministerio y la subida de don Práxedes Mateo Sagasta con don Segismundo Moret, de Ministro de Ultramar. Sagasta procedió a destituir a Weyler el 9 de octubre de 1897 y nombró, en su lugar, al General don Ramón Blanco, quien tomó posesión de su cargo el 31 de octubre. En España, Moret preparaba el plan de autonomía de Cuba. Después de algunas labores parlamentarias, el Gobierno, por Real Decreto de 25 de noviembre de 1897 dispuso el establecimiento en Cuba del régimen autonómico. El gran Francisco Pi y Margall, uno de los pocos hombres que en España vieron claro el problema de Cuba, escribió que ya era tarde; que el Gobierno lo que debería hacer era llamar a los cubanos y darles la independencia.

Año 1898

El año 1898 se inició con el inconformismo por parte de los cubanos en armas de la propuesta española a favor de un régimen autonómico en la Isla. A este descontento se le unieron los cubanos conservadores y los españoles que tenía grandes negocios en Cuba. Estos últimos provocan en la Habana grandes escándalos contra los diarios liberales. Los tumultos de militares en La Habana daban a la ciudad el aspecto de una plaza en zafarrancho de combate. El General Arolas saco a la calle fuerzas armadas en son de batalla. Los ánimos se exacerbaban; y ante estos hechos, el Gobierno de Washington mando, para proteger los intereses de sus ciudadanos al crucero Maine que voló en la Bahía de La Habana el 15 de febrero de 1898 a las nueve y cuarenta y cinco minutos de la noche.

La voladura del Maine propició la Declaración conjunta del 19 de abril de 1898, en la cual el Congreso de los Estados Unidos le indicaba a España que de hecho y de derecho Cuba debe ser libre e independiente; y, a la sombra de este nobilísimo principio de justicia internacional, da comienzo la breve guerra entre España y los Estados Unidos que produjo a España la perdida de seis dominios en América y Asia y el hundimiento de su escuadra. El altísimo principio de que Cuba era de hecho y de derecho libra e independiente se vio malogrado y desconocido por la llamada Enmienda Platt que era un freno visible al poder soberano del pueblo cubano.

Mientras esto sucedía en La Habana, las tierras de Valle de Trinidad se preparan para una zafra tranquila. El Ingenio Cañamabo empezó a moler en la primera semana de enero; el Guáimaro reanudo su molienda el 3 de enero, interrumpida en diciembre anterior. Por su parte los Brigadieres Bravo y Rego se hacen fuertes en tierras de Polo Viejo, y el General Manrique de Lara, sabedor de ello, ordena al Teniente Coronel Alonso que salga, el día 9, en su persecución, con los batallones de Bailén, Antequera, Cataluña y noventa hombres de la Guardia Civil. Los cubanos realizan pequeños asaltos, siguiendo los consejos de Gómez, pera no se empeñan en ninguna operación seria. El día 24 de enero, a las doce de la noche, sale el Comandante Fernando Moscoso, hacia "Río Muñoz", donde estaban concentradas fuerzas del Comandante Sandoval, Téllez Caballero y Jesús Lugones. Estas fuerzas españolas embarcan en el Cañonero Vasco Núñez de Balboa, y, por tierra, marcha el Coronel Rubín con fuerte contingente. En las estribaciones de las montañas trinitarias está emboscado Sandoval que abre fuego sobre la columna de Rubín, mientras que el cañonero Balboa es atacado, debido a su proximidad, por las fuerzas de Téllez, las que le proporcionan varios heridos, entre ellos, grave, al Capitán Ugarte, y a diez de la tropa. También fueron heridos, aunque no de gravedad, el Comandante Moscoso y el médico del batallón de Antequera, Capitán Ramas.

Máximo Gómez ordena a sus soldados que se opongan, por todos los medios, a la zafra que habían emprendido los ingenios contra lo dispuesto por el Gobierno de la Revolución. A este efecto, dispuso que, por el General José Miguel Gómez, que andaba por estas zonas, se atacara las fábricas de azúcar; y reunidos dicho Jefe y las fuerzas del General Bravo, resolvieron atacar al central Cañamabo de los señores Schmidt, Fischer y Comp., y, a eso de las once de la noche del 18 de febrero de 1898, cayeron sobre la casa de máquina y batey diversos grupos que pusieron fuego a ese y a otros lugares más, destruyéndolo todo.

En el parte oficial que, con fecha de 4 de marzo de 1898, le dio el General José Miguel Gómez al Generalísimo Gómez le dice así:

El Comandante Solano y el Capitán Flores se colocaron en el camino que venía del ingenio "Guáimaro"; el Comandante Bernabe Rodríguez, con un escuadrón del Honorato, sobre el río Agabama, dominando las barcas que, para pasar de una a otra orilla, están allí situadas; los Tenientes Coroneles Pablo Mendieta y Silveira, en el puente, sobre el río Caracusey que pasa el camino del Condado; y los Tenientes Coroneles Quijano y Carlos Mendieta.

Las fuerzas cubanas serían unos cuatrocientos hombres. Un grupo marchó sigilosamente -iba en él el Teniente Coronel Carlos Mendieta- en busca del Fuerte No. 2, pero fue mal guiado por el práctico, y cuando los atacantes, en la oscuridad de la noche, buscaban las aspilleras del fuerte para hacer fuego por ellas, se encontraron con las tapias de la casa de vivienda. El práctico confesó que se había confundido, y hubo quien quiso matarlo por espía. El centinela del Fuerte No. 2 sintió ciertas voces y ruido, y al avisarle al Cabo de guardia para que se tomaran las armas, advierte que sobre el fuerte cae una lluvia de proyectiles de las descargas que los hacían de determinados puntos, mientras sus defensores llovían balas sobre ellos. En el Fuerte No. 2 quedaban siete hombres del batallón de Antequera con un Cabo. El grueso de las tropas cubanas, fraccionadas en grupos para defender los caminos, penetra por el camino de Palmarito, y se oyen voces de cargar al machete. Mientras tanto, otro grupo, el del Teniente Coronel Quijano, riega petróleo por todas partes. La casa del Administrador, donde estaba guarecido don Guillermo Schmidt, fuertemente protegida por un destacamento de soldados, no se pudo asaltar, pese al ataque encabezado por el Teniente Coronel Pablo Mendieta. Las tropas cubanas se retiraron hacia Iguanojo por el camino de Palmarejo. A poco de salir de Cañamabo, chocaron con las tropas del batallón de Antequerra mandadas por el Comandante Elías Rivero. Tuvieron, en este combate, los españoles seis muertos, catorce heridos, y muerto el caballo del jefe de la columna que tuvo su vida en gran peligro.

A las siete y media de la mañana del día 20, y en su volanta, llegó a Trinidad don Guillermo Schmidt, dirigiéndose a la Comandancia militar, donde celebró una conferencia con el jefe militar de la plaza. Guillermo declaró que las pérdidas las valuaba, en doscientos mil pesos. Este hecho sonoro produjo en el ambiento público de Trinidad una gran conmoción. Se creía que la Revolución estaba ya agónica, sin elementos ni acciones de combate, y la acción de Cañamabo y la que le siguió revelaban que los cubanos estaban aún vigorosos. Máximo Gómez quería probar que la autonomía, aunque atraía a algunos revolucionarios, no quebrantaba la fe en el triunfo, mucho más a la vista del conflicto de España con los Estados Unidos que se acercaba a su desenlace a pasos de gigante.

En España y enLa Habana el Gobierno procuraba emplear una política de benignidad. La situación se agrava por momentos con los Estados Unidos, y a los efectos de apaciguamiento de la Revolución, el General Blanco decretó el 10 de abril de 1898, cumpliendo órdenes de Madrid, un armisticio "para preparar y facilitar la paz" en Cuba. Pero el Consejo de Gobierno cubano la rechazó enérgicamente por su acuerdo del 17 del propio mes. Después de esta fecha, las filas del Ejército Libertador se vieron acrecidas considerablemente, y fue; de tal magnitud esta avalancha de "patriotas" de última horas, que Máximo Gómez, al recibir las listas de los nuevos ingresos, exclamó: si yo hubiera sabido que tenía un ejército tan considerable, hubiera acabado con España en menos tiempo del que hemos invertido. El Generalísimo era un hombre de extrema agudeza aun en cosas que no fueran de la guerra, y, al hablar de esta guisa, usó de la más fina y encantadora ironía:

¡En Trinidad solamente, el Brigadier Bravo rechazó como cuatrocientos ingresos recientísimos!

Últimos meses

El 12 de agosto de 1898 se firmo en Washington un armisticio entre las fuerzas españolas y las estadounidense que trajo un poco de paz a la región. Por su parte las fuerzas cubanas que operaban en la Zona de Trinidad, al mando del Brigadier Bravo, entraban en un período de calma. Según las "Ordenes Generales del Cuartel de la Brigada" que comprenden desde el 21 de mayo de 1898 hasta el 22 de septiembre siguiente, las que fueron escritas por el Jefe del Despacho de la Brigada, Teniente Marino Domínguez, y continuado por los Tenientes Vicente Suárez y Rafael Alfonso, en todo este tiempo, las fuerzas mambisas operaron por el Hondón, Guayabo, la Rosa, Trilladeritas, Jabira, Arroyo Seco, Polo Viejo, la Pelada, Pilatos, la Ceiba, la Sierpe y Limones Valle. Después se acercaron a San José Abajo, y, finalmente, al Papayal. Cuando aquí llegaron, el campamento se convirtió en sitio de festivales, de entretenimientos campestres, y en salón de recreo: la sociedad selecta trinitaria y los familiares de los revolucionarios lo invadían. El júbilo de unos contrastaba con las lágrimas de otros que no encontraban a sus hijos, esposos, hermanos y novios.

En los días finales del mes de junio el puerto de Casilda y su poblado fue atacado desde el mar por los navíos de guerra estadounidenses impidiendo que los barcos de comercio y suministros locales y españoles abastecieran la ciudad. También fueron destruidos los cañones que protegían las costas trinitarias.

Durante los últimos meses de la guerra tuvo la desdicha Trinidad de tener por Jefe Militar español de esta plaza al Coronel Bernardo Areces, hombre que se alejaba de la cortesanía y buenos modales de Manrique de Lara y de Rubín. Era el Coronel Areces, vizcaíno, muy alto, fornido, como de unos cincuenta a sesenta años de edad. Coloradote, torpe de inteligencia y de conducta. No se daba cuenta de que ya el régimen que él representaba estaba fenecido; y, su altanería pudo haber producido sangriento choque con los oficiales cubanos, si la prudencia del General Bravo no hubiera mediado cerca de ellos.

Entrada victoriosa

Fuerzas mambisas en Trinidad tras la rendición española.
Miembros de la Brigada de Trinidad al finalizar la Guerra Necesaria.

A las cinco de la mañana del día 3 de diciembre de 1898 las fuerzas militares españolas bajan por la calle del Desengaño, rumbo al puerto de Casilda. Al pasar por la entonces plaza de Serrano, la estatua del centro que representaba a Terpsícore, es decapitada y su testa rodó por el suelo destruyéndose en pedazos. La Comisión americana que había llegado poco antes, se encargó del orden de la ciudad.

A las dos en punto de la tarde, los Comisionados del Gobierno de los Estados Unidos, Capitanes Federico M. Page y S. E. Calhoum llegados con anterioridad, se constituyeron en la Casa de Ayuntamiento e izaron en la azotea del edificio la bandera de los Estados Unidos. Inmediatamente tomó posesión del cargo de Alcalde Municipal el que lo había sido hasta esa fecha don Antonio Cacho y Bonet que prestó el juramento del caso. Asimismo tornaron posesión ante el Alcalde otros altos funcionarios nombrados. Hubo grandes vítores a Cuba, a los Estados Unidos y al Presidente William McKinley.

A las cuatro de la tarde de ese día el General Lino Pérez y el Brigadier Juan Bravo, rodeados de su Estado Mayor, subieron al frente de sus fuerzas por la Barranca en correcta formación y tomaron por la entonces conocida calle Nueva. Así desfilaron por Trinidad las tropas mambisas, recibiendo el aplauso de su pueblo. Allí iban sus mejores hijos. Había terminado la guerra contra el régimen español.

Las tropas cubanas recorrieron algunas calles. Era un Ejército abrumado por el hambre y las enfermedades. Llevaba en los rostros el inmenso sacrificio realizado por la libertad de Cuba. Algunos soldados marchaban con dificultad, aquejados por la fiebre, la disentería y el hambre. No tenían fuerzas para soportar tantas horas de parada. El mismo Teniente Coronel, José Téllez Caballero, no pudo gozar de esa parada debido a una fiebre que quebrantada su ya débil salud.

En el desfile si estaban presentes los Tenientes Coroneles Ciriaco García y Jesús Lugones, que no pasaban de veinticuatro años de edad y ya se habían distinguido en el Ejército; el Comandante Rafael Sandoval, con su pierna quebrada por un balazo; el Comandante Serafín Rodríguez, que recogió a Téllez en sus brazos en la noche del asalto a Trinidad; el Comandante Antonio Beltrán, hijo de la trinitaria Inés Echerri, por cuyo parentesco, el hermano de ésta, don Felipe Echerri, ya anciano, fue reducido a prisión en 1897 por Weyler; el Comandante médico Joaquín Panadés que tanto ayudó a la Revolución en la ciudad y después, en la guerra; el Comandante Bernabé Ruiz, intrépido y atrevido en los ataques; el Capitán Matías Michelena, esclavo libertado en 1868 y miembro de la escolta del Mayor Ignacio Agramonte; el valiente y noble mosquetero Capitán Ambrosio Martínez; el Capitán Tomás García Altunaga que se llenó de fama en la expedición del "Comodoro" en la costas de Nuevitas, según palabras del Dr. Fermín Valdés Domínguez; y, al lado de estos altos Jefes y con sus respectivas unidades de mando, figuraba un grupo de oficiales jóvenes, entre ellos se destacaban Arminio Béquer Lara, Fernando Hernández Reina, Máximo Sanjuan, Rogelio Salabarría, el médico Marino Domínguez, Teniente Médico Oscar Bermúdez; y los Tenientes Rafael Alfonso, Teodoro Lara Hernández, su hermano Enrique; Eusebio Cantero, Pedro Gutiérrez, Pedro A. Toledo, Claudio Bravo, Sixto Abreu, Vicente Suárez, Rafael Valdés Busto, Gustavo Torres, Mariano Ibargollín.

Todo el mes de diciembre se consagró en Trinidad a fiestas familiares y sociales en obsequio de los miembros del Ejército Libertador. Hubo unas pascuas verdaderamente floridas. La sociedad trinitaria se sacudió de la tristeza en que la guerra la había sumergido. No había casa de familia, por pobre que fuera, donde no hubiera una reunión jocunda, a tarde y noche, para, halagar a los jóvenes oficiales y soldados del Brigadier Bravo. Se compusieron cien canciones alusivas a las acciones bélicas o al dolor de los encarcelados. Corrieron, a porrillo, décimas y redondillas. Las orquestas trinitarias y el famoso pianista trinitario Antonio Alvaro Herr, llenaron los ámbitos con las notas alegres del himno de la invasión; y en los días de fiesta, los habitantes de la ciudad eran despertados con las vibrantes notas de la diana mambisa.

Hospitales de campaña hispanos

En 1895 se instalaron hospitales de campaña en las principales ciudades de Cuba, entre ellas Trinidad, que fundó el suyo el 24 de octubre con 100 camas en su tradicional hospital de La Popa, para alcanzar 1000 en 1897. A mediados de este último año el Capitán General incrementó sus capacidades hospitalarias en la isla y estableció tres centros como puntos de estadía y embarque de enfermos y convalecientes: Manzanillo (Departamento Oriental), Trinidad (Centro) y La Habana (Occidente). Este fue el año terrible de la guerra por el gran número de muertos y por los estragos de la reconcentración, no solo para los cubanos; por la misma razón fue el talón de Aquiles de Weyler, que se agravó por los efectos de la campaña de La Reforma.

En julio de 1897 Weyler dispuso que los batallones de San Fernando y Alcántara, de la división de Manzanillo, embarcasen para Las Villas para reponerse en el hospital de Trinidad; el batallón de San Fernando con 434 hombres útiles y 529 enfermos. También dispuso que el Subinspector de Sanidad Militar D. Justo Martínez procurara la habilitación del vapor Gloria para transporte de enfermos y de presuntos inútiles por la costa sur a Cienfuegos y a Trinidad o a Batabanó, para desde este puerto seguir en tren para los hospitales de La Habana.

En Casilda facilitaron sus almacenes Meyer y Fornias, el primero para 260 enfermos y el segundo para 144; en Trinidad había capacidad para 400 en el antiguo cuartel, 150 en el hospital y 2000 (entre convalecientes y enfermos) en el Ingenio Manaca Iznaga. Los gastos en estos locales fueron por cuenta de los propietarios, que ofrecieron también pataches, remolcadores y otras embarcaciones para conducirlos desde Tunas de Zaza.

Trinidad funcionó, por tanto, como base de apoyo logístico del ejército español: tránsito de columnas destinadas a operaciones en la región y en la campaña de La Reforma y uno de los centros hospitalarios de campaña del Departamento Central. Cumplió así un rol en la retaguardia española al prestar servicios médicos a la impedimenta de enfermos y convalecientes y servicios funerarios a los que fallecían.

El análisis de los registros parroquiales y el único libro del cementerio municipal que existe en la actualidad, ofrece una muestra de las defunciones de 320 militares españoles, que permite apreciar un rango de edades de 18 a 25 años, solteros la mayoría y de campo, que murieron de fiebres —amarilla, palúdica y tifus— y de enfermedades infecto-contagiosas como la disentería, fundamentalmente. Esa estadística arroja una alta incidencia en los batallones de Vizcaya y Álava, de asignación fija en la guarnición, pero es posible observar la diversidad de tropas que España tenía en Cuba por el carácter transitorio de la estancia hospitalaria en la localidad.

Referencias

  • Diccionario enciclopédico de historia militar de Cuba. Primera parte (1510 – 1898), 3 tt., Ediciones Verde Olivo, Ciudad de La Habana, 2004.
  • González Cabana, Ana María: «Efectos económico-sociales de la Guerra de los Diez Años (1868 – 1878) en la región trinitaria», [Trabajo de diploma inédito, asesorado por Hernán Venegas Delgado] UCLV, 1987.
  • Instituto de Historia de Cuba: Las luchas por la independencia nacional y las transformaciones estructurales 1868 – 1898, pp. 430 – 546, Editora Política, La Habana, 1996.
  • Lara Hernández, Teodoro: «Recuerdos de la guerra» en Plenitud (Trinidad), año 1, mar. – nov., 1932.
  • López Bastida, Roberto, Nancy Benítez Vázquez y Leticia Montes de Oca: «Fortificaciones militares de Trinidad», Oficina del Conservador de Trinidad y el Valle de los Ingenios, Trinidad, 1994. [Inédito]
  • Padrón, Abelardo: General de tres guerras, Letras Cubanas, La Habana, 1991.
  • Pérez Cancio, Carlos: Datos históricos de la guerra de independencia de Cuba, años 1895 a 1898. (...), Trinidad [Impresos Actualidad], 1954.
  • Torres-Cuevas, Eduardo y Oscar Loyola Vega: Historia de Cuba 1492 – 1898. Formación y Liberación de la Nación, pp. 335 – 400, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 2001.
  • Venegas Arbolaez, Bárbara Oneida: «La Guerra del 95 en Trinidad. Cronología», 1998. [Inédito]
  • Weyler, Valeriano: Mi mando en Cuba. Historia militar y política de la última guerra separatista durante dicho mando, 5 tt., Felipe González Rojas, editor, Madrid, 1911.

Fuentes