La catedral de los negros (libro)

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La catedral de los negros
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Autor(a)(es)(as)Marcial Gala
Editorial:La Habana: Letras Cubanas
PaísCuba
PremiosAlejo Carpentier 2012 categoría novela

La catedral de los negros es una novela escrita en 2012 por el poeta, ensayista y novelista Marcial Gala (n. 1963).

Este libro es la segunda parte del tríptico Cienfuegos, capital del mundo.

Con él, Marcial Gala consiguió el Premio Alejo Carpentier de Novela del año 2012.

Sinopsis

La Catedral de los Negros es una excelente novela cubana no apta para menores, que aborda de manera poco común cómo un hombre puede llegar al límite de la violencia. El personaje es un asesino, sin embargo esta ¨narración que construye la historia a partir de un coro de voces y que rinde homenaje, por vía contraria, a una ciudad, al amor y a la tenacidad”.

El autor de la obra, Marcial Gala, define el tema central de la novela:

Es una muestra de la diversidad de las tendencias culturales de la Cuba actual, de la relación entre padre e hijo, y también las diferentes expresiones de la religiosidad cubana, ya sea catolicismo, protestantismo ―sobre todo esas dos variantes del cristianismo―, o las religiones afrocubanas.
Marcial Gala

Criterios sobre la obra

Confieso que he leído La catedral de los negros de un tirón. He disfrutado esta novela de Marcial Gala, premio Alejo Carpentier 2012, publicada por Letras Cubanas, como pocas veces me ocurre, últimamente, con la escritura de ficción, venga de donde venga.
Si algún elemento llamó mi atención de inmediato fue encontrar en La catedral de los negros una novela limpia, escrita con total sinceridad, con poco afeite, sin mucho trucho ni trucaje, sin regalarse, sin evidentes costuras, a salvo las naturales que dictan los nervios.
Encontré una novela escrita como si su autor hubiera puesto las vísceras al lado de su vieja PC, y se hubiera dicho, bueno, Marcial, ahora toca escribir durante varios meses una historia con dolor, desde el dolor, pero con responsabilidad.
Alberto Guerra Naranjo, crítico literario cubano
Aunque la mayor parte del relato transcurra en la barriada perlasureña de Punta Cotica —sometido al “extrañamiento nominal” de Gotica— y existan ciertos personajes a los cuales él confiere preeminencia (El Gringo, El Grillo, Prince), es esta una pieza literaria de pluralidad espacial y riquísima coralidad, donde la polifonía de distintas voces narrativas se convierte en cimiento y techo de una trama subyugante desde el principio de la primera parte al final de la tercera, en la página 159.
Gala configura un óleo hiperrealista, no despojado de insertos fantásticos, de una Cuba, más allá de cuán “novelada” esté, no digamos que posible sino dable, ubicada en los márgenes de lo conocido desde la perspectiva dominante del “centro" y sujeta al decálogo de carencias, indigencias o dudosas concepciones morales condicionadas por el mismo medio engendrador.
Aquí impera la violencia, la apelación a cualquier palo para salir del cenagal de podredumbre humana, el crimen y el acto de la máscara o la representación en uno de sus estados más esencialmente crudos. Aun sin poseerla, debe aparentarse dureza en sitio tal, so pena de caer en el piso a patadas bajo el orín de cualquier mala cabeza. Por eso, hasta un joven poeta en fase de iniciación precisa romperle la crisma a cierto pichón de guapo con el objeto cortante menos pensado: un libro.
Julio Martínez Molina, periodista y crítico de cine cubano
Del libro La catedral de los negros puede decirse lo que del tamarindo: eriza la piel, provoca escalofríos, pero queda, inmediatamente después, la sensación de la fruta auténtica, porque produce el placer de las lecturas que lo dejan a uno haciéndose preguntas, queriendo conocer al autor, saber más.
No es frecuente (al menos piensa así quien escribe este comentario) que los protagonistas de una historia escrita en Cuba sean asesinos implacables y que uno de ellos esté en una prisión estadounidense a la espera de la inyección letal. El tema, en otras literaturas, puede tal vez hasta ser recurrente, mas no en la nuestra.
El testimonio que cada personaje, cada carácter, nos entrega, da cuerpo a la obra, desarrolla la trama, y descubre un tenebroso recorrido que en algunos casos se prolonga extrafronteras.
El lenguaje es acre, marginal, proliferan lo que eufemísticamente llamamos "malas palabras" justificadas aquí en las voces de sus testimoniantes. No puede ser de otro modo. Diríase más: Gala, el autor, maneja con extremo acierto el habla, incluidos los sobrenombres asignados, al punto que el retrato de cada personaje se delinea a partir de su manera de hablar, más que por la de obrar. Pocas veces, confieso, es tan decisiva le presencia de un lenguaje duro y vulgar, de una jerga marginal y cruda, como en La catedral de los negros. La crueldad, la violencia, la deshumanización, la hipocresía, la avaricia, el desamor, la cobardía…también la ingenuidad, la esperanza, el sexo, la locura, la ignorancia… entrecruzan sus caminos. Pero además, un espíritu deambula por las páginas de este libro, las permea de un toque de fantasía, las nutre de un componente real-maravilloso, y por si fuera poco, algunos personajes reales se interpretan a sí mismos, incluido el autor, de fugaz presencia, lo cual nos recuerda la técnica del cameo cinematográfico.
Esta es lectura que se disfruta, aviva el interés, se agradece. Aprieta la boca, como el marañón y el tamarindo, mas deja regusto. La catedral cuya construcción parece nunca terminar y por último se malogra es el sostén del andamiaje narrativo. Sus fisuras son las de sus armadores, las que la fiebre de la voracidad descubre entre testimonios que no desdeñan un humor tan sarcástico como eficaz.
Leonardo Depestre Catony, escritor, periodista e investigador cubano

Fuentes